CUENTO DE NAVIDAD

Si Arusi hubiese sabido que estaba preñada de Danjuma, no hubiera aceptado embarcarse en aquel pequeño bote con destino a las Canarias. Pero, entonces, no era consciente que el pequeño Hasani estaba ya en su vientre. Cuando lo supo, decidió que iba a ser varón y que lo llamaría Hasani. Ni se le pasaba por la cabeza que pudiera ser niña porque Banderiwa- que así se llamaría la chiquilla- sería la segunda de la descendencia.

Aún tenía pesadillas, de tanto en cuanto, acerca de aquel cayuco que casi se hunde cuando todavía faltaban treinta millas para alcanzar las playas. Tuvieron que achicar agua con las botellas de plástico, con las manos y hasta con los zapatos. Pero llegaron. Recordaba que las estrellas eran escasas en aquel nuevo cielo aunque, como Danjuma le dijo, así era mejor para que nadie les viera. Hubieron de nadar hasta la orilla y, tiritando, se sentaron abrazados confiados en que los espíritus de sus antepasados vinieran a socorrerles. Así parecieron hacerlo porque al día siguiente encontraron a unos compatriotas que les dieron algo de ropa y les mostraron dónde comer una sopa de caridad. Hubo suerte porque, en mayo, él encontró un trabajo como recolector de bananas y ella un empleo cocinando para los braceros del plantío. Fue al poco cuando Arusi supo que tendría un hijo. Espero a tener dos faltas del periodo antes de contárselo a Danjuma. Recordaba bien cuándo se lo dijo. Él se mostró confundido, sorprendido y no dijo nada durante varios minutos. Incluso, ella creyó que podía estar dudando que él fuese el padre lo cual la enojó. Danjuma debió darse cuenta de la ira en sus ojos porque reaccionó, la abrazó y la besó. Más tarde le diría que se había asustado. ¿Cómo iban a cuidar de un hijo si apenas tenían sustento para ellos mismos?

En Diciembre, el vientre de Arusi la hacía sentirse torpe. La temporada en el campo se había terminado y no tenían trabajo. Los pocos ahorros que habían acumulado les darían apenas para pagar la pensión hasta fin de año y, para entonces, Hasani – ella continuaba segura de que nacería un niño- estaría ya en este mundo. Decidieron embarcarse hacia la península. Allí habría más opciones. Pagaron cien euros por un puesto de polizón en un contenedor que supuestamente transportaba tornillería. Lo pasaron mal, muy mal en aquel calor asfixiante, apretados contra otra decenas de cuerpos. Cuando salieron al exterior, permanecieron tumbados, respirando en medio del campo. Les dijeron que estaban en Málaga pero lejos de las poblaciones más importantes para reducir el riesgo de que la policía los detectase. El aire de diciembre era frío y traía los aromas de la sierra granadina.

Quizá por las tribulaciones del viaje o acaso porque el tiempo se había ya cumplido, Arusi tuvo los primeros dolores poco antes del amanecer. Supo que Hasani no esperaría mucho más y que ya pugnaba en sus entrañas para hacer presencia en el mundo. Danjuma la miraba aterrado, sin saber qué hacer, rezando a sus dioses para que no les abandonaran en aquel momento. Él no sabía hacer de partera y tenía que buscar ayuda. Sólo había un resplandor hacia el norte, quizá a un par de kilómetros. Aquello debía ser un pueblo. Ayudó a Arusi a incorporarse y, arrastrando la maleta, caminaron despacio hacia el horizonte. La noche, sin luna, no ayudaba y tropezaron varias veces. Todo aquel ajetreo y aquel esfuerzo sólo hacían que las contracciones se aceleraran.

Unas hebras rojizas decoraban el cielo del amanecer cuando llegaron al pueblo. Algún gallo cantó pero las calles estaban desiertas. Arusi se inclinaba por el dolor y sentía que la hora estaba ya muy cerca. Danjuma, angustiado, golpeó la puerta de la primera casa que vio. Notó que alguien miraba por la mirilla pero nadie abrió. Tocó un par de veces más hasta que se convenció de que nadie le iba a abrir. Caminaron hasta la siguiente vivienda. Esta tenía tres pisos y un portal cerrado. Presionó un timbre mientras Arusi se sentaba y resoplaba agitadamente. Nadie contestó. Tocó al segundo timbre y una voz ronca preguntó quién era. Él le pidió ayuda, le dijo que su mujer iba a parir, pero la puerta no se abrió ni volvió a oír palabra alguna. Dejó sentada a su esposa y corrió por la calle, llamando a todas las puertas que vio. Nadie abrió.

Arusi sentía ya los dolores cada pocos minutos y apenas tenía fuerzas para caminar. Quería a Danjuma a su lado, lo necesitaba allá, con ella, dándole la mano. Él llegó sudoroso a pesar del frío de la mañana. Con lágrimas en los ojos le dijo que nadie le abría, que nadie le socorría pero que había visto un establo, una borda de pastores, al final del pueblo. Le pasó su brazo por debajo de los hombros y la ayudó a caminar. Dejó la maleta abandonada en el portal.

Llegaron justo a tiempo. Parecía no haber nadie. Un buey que reposaba en la entrada les miró con indiferencia. Atado al fondo había un asno que se revolvió inquieto al ver a aquellos desconocidos que importunaban su descanso. Al menos, estaba cálido. La mujer se tumbó sobre la paja sucia y cruzó sus ojos anhelantes con los de él.

– Todo va a ir bien- le dijo y sacó fuerzas de donde no las había para sonreír.

Hasani tenía tantas ganas de ver a sus padres que el parto fue fácil. La naturaleza les ayudó. Aprendieron lo que necesitaban en unos pocos minutos y Danjuma cortó el cordón con su navajita e hizo un nudo rudimentario. Oyó llorar al chiquillo y instintivamente supo que eso era bueno. Le cubrió con su chaqueta y acarició la frente de Arusi que no dejaba de mirar al niño.

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